martes, 29 de junio de 2010

Capítulo 8

Jack reaccionó rápidamente, recorrió la rama y me cogió en el vuelo. Al segundo, me vi colgando en sus manos, pero hacía demasiado esfuerzo y a mí me daba la impresión de que pronto nos caeríamos.
-Haz… que… desaparezcan… -murmuró.
-¿Q… qué?
-¡Tus alas! ¡Pesan demasiado!
Cerré los ojos y de repente sentí una gran ligereza en la espalda. Y sin duda él también, porque ahora sin casi ninguna fuerza me levantó por los codos y me colocó a su lado, apretándome contra su pecho. Yo temblaba una barbaridad por el susto, y no lloré de milagro.
Cuando me di cuenta de que ese imbécil me estaba abrazando, me separé enseguida de él.
Me miró extrañado.
-Ya te dije que no quería que me tocaras.
Puso los ojos en blanco, se encogió de hombros y me ayudó a bajar del árbol.
Mientras me iba de allí, escuché a los demás guardias aclamar a Jack, llamarlo “el amo” o “eres un crack”. Bufé. No duraría mucho.
Entré en el colegio y subí las escaleras hasta mi habitación. No me apetecía ir a las clases de la tarde. Pero allí ya había alguien, porque la puerta estaba abierta. Dentro me encontré a Vicky con sus cosas, y una gran sonrisa apareció en mi rostro.
-¡Al final te vienes! –grité.
Ambas nos abrazamos y empezamos a saltar.
-¡Claro que sí! ¡Estoy tan ilusionada! Es que verás, soy nueva, y todo esto es muy diferente para mí… y estar sola en una habitación no me hacía ninguna gracia, y además de que la gente de aquí es tan intimidante…
-Ya lo sé. Pero no te preocupes, ¡porque yo no soy como ellos! –Dejé de saltar, y ella también-. Pero… vas a perderte las clases de esta tarde.
-Oh, por eso no te preocupes. Hay más todos los días –ambas reímos.
-Ven, que te ayudo.
Acabamos de desempaquetar todo lo suyo hasta la noche.
Luego bajamos a cenar y nos fuimos a dormir.

sábado, 19 de junio de 2010

Capítulo 7

Me solté del árbol y empecé a andar por la gruesa rama. Estiré las alas para el equilibrio y avancé poco a poco. Pero cuando estaba a mitad de la rama, miré hacia las grandes ventanas del comedor, y escruté a Jack entre el gentío que venía rápidamente hacia aquí con otros guardias alrededor de él. Se reían. Desde dónde estaba pude escuchar qué decían:
-Un ángel sagrado está en el árbol. ¿A quién le tocaba cuidar de él? ¡Porque se le va a caer el pelo! –dijo uno.
Con que no me habían visto la cara. Mejor.
Intenté tapar mejor mi cara con el ala derecha, pero eso me desequilibró y resbalé. Pero pude agarrarme a tiempo a la rama. Me volví a subir sentada, y volví a mirar el comedor.
Los ojos de Jack y los míos se encontraron, y al ver que era yo, enmudeció. Se quedó literalmente congelado y con la boca abierta. Yo le saludé, me puse de pie y seguí mi camino.
Joróbate, a ver si te despiden.
Todos los alumnos se habían arremolinado alrededor del árbol, que gritaban, saltaban y demás cosas.
-Vale, vale, puedo hacerlo, puedo…
Al final de la rama, a unos pocos metros de ella estaba el enorme mural que rodeaba el colegio, y daba al bosque. Si conseguía saltarlo sería otra vez libre. Pero había un problema.
No sabía volar. Y si no sabía volar, eso significaba que si saltaba me estamparía o contra el muro o contra el suelo. Y no quería tener marcas en mi cara, la verdad.
Jack llegó a los pies del árbol, y alzó la mirada llena de odio hacia mí. Los demás guardias intentaban sacar a los alumnos de allí, y cuando vi a Vicky le hice señas para que si me cogía que me esperara.
Cuando estaba todo despejado, Jack empezó a escalar el árbol.
El cabrón lo hacía con tanta agilidad que llegué a pensar que sí me cogería.
Retrocedí con cuidado ya que la rama era cada vez más estrecha, y cuando Jack llegó a ella y se colocó delante de mí a unos tres metros, alzó las manos en son de paz y frunció el ceño:
-A ver, a ver, Alex, por favor, mira. No te voy a hacer nada y lo sabes.
Avanzó un paso, y yo retrocedí otro.
-Ya, porque si me pasa algo el que se la carga eres tú.
-Exacto. Qué sagaz. Y ahora quiero que vengas… -me tendió una mano, pero yo retrocedí otra vez.
Y otra vez, pero ésta última fue la peor, ya que había llegado al extremo, y la rama no pudo aguantar mi peso y el de las alas, así que rompió.
Y yo me precipitaba contra el suelo.

lunes, 7 de junio de 2010

Capítulo 6

Mi primera clase eran Ciencias Sociales. Increíble, ¿eh? Algo muy aburrido y que apenas era capaz de aguantar.
Y aún por encima nadie me quitaba ojo. Todos se preguntaban disimuladamente y decían historias inventadas de que me fugué con mi amante, o que un señor malvado quería raptarme y por eso me escapé, y mi favorita, que yo poseía una llave que abría un cofre del tesoro oculto debajo de los cimientos de este castillo y que me había escapado para esconderla y más burradas. Yo las ignoraba.
A la hora de comer, todos los ángeles, incluidos los sagrados, se fueron al comedor, pero yo no era capaz. Los guardias vigilaban el comedor, Jack inclusive, y recorría la vista por todo el lugar, seguramente buscándome. Yo me escabullí por la puerta trasera y salí al jardín trasero.
Volví a chasquear los dedos y dejé salir mis enormes alas, y esta vez había suficiente espacio para estirarlas.
En una pequeña colina, distinguí una figura sentada debajo de un gran árbol.
Una chica de mi edad más o menos, con el uniforme, estaba sentada leyendo un libro. Me acerqué a ella, y ésta al sentirme, levantó la vista y al ver mis enormes alas negras, se encogió e intentó retroceder, pero el árbol se lo impedía.
Yo sonreí, me senté con las piernas cruzadas y la saludé:
-¡Hola!
La chica se me quedó mirando con la boca abierta. Fruncí el ceño.
-¿Tú… eres humana?
-N… no, pero… -carraspeó, se sentó bien apartando el libro a un lado y me sonrió-. Lo siento por haber reaccionado así, pero es que no te he visto nunca, y como sólo los ángeles sagrados tienen tus alas…
-Es que yo soy uno de ellos.
Un brillo de comprensión iluminó sus ojos.
-¡Ah! ¡Tú eres la chica desaparecida! El ángel del tiempo, ¿verdad? Nunca creí que te conocería.
Sonreí.
-Un placer. ¿Eres…?
-Vicky. ¿Y tú?
-Alex.
Miró mis alas.
-¿Sabes que tienes unas alas muy bonitas? Las mías son como las demás, pero las tuyas…
-Gracias, pero –me levanté mientras aleteaba ligeramente- voy a intentar escaparme.
-¿Que qué? ¿Pero…?
-De peros nada.
Me acerqué al árbol, e intenté escalar con ayuda de las ramas y de las alas para hacer contrapeso, y cuando iba a mitad de mi camino, escuché la voz de Vicky:
-Esto…
Bajé la cabeza todavía abrazada al árbol.
-¿Sí?
-Si, por un casual, no consigues salir de aquí, ¿te gustaría… ser mi compañera de habitación?
Me reí.
-Claro.
Y seguí subiendo hasta estar a unos cinco metros del suelo. Suficiente. Escaparía, estaba segura.

viernes, 28 de mayo de 2010

Capítulo 5

Después de todo, Jack me acompañó a mi habitación.
-Durante el día asistirás a las clases de siempre. Ya sabes cuál es tu horario. Después de éstas, estaré toda la tarde contigo para asegurarme de que no te pasa nada. Hasta mañana.
Chasqueé la lengua.
-Eres mi pesadilla hecha realidad.
-Y tú mi realidad hecha pesadilla -me replicó, y se fue.
Entré en mi habitación, y recorrí la mirada de un lado a otro. Era como la recordaba. Estaba todo en su sitio. Había dos camas y dos armarios, pero sólo estaba ocupado mi lado del cuarto. Cerré de un portazo y me eché sobre la cama, pero me volví a incorporar.
¿Y si me escapaba ahora por la ventana? Una locura, pero...
Me levanté y fui hacia la ventana. La abrí y saqué la cabeza, pero increíblemente Jack estaba de pie sobre una rama del árbol que daba a mi ventana, con los brazos cruzados y sonreía.
-Ni lo pienses siquiera.
Proferí una palabrota y me volví a meter dentro. Qué rapidez. Maldito...
Bajé la persiana, y me tiré encima de la cama. Aj, esto es asqueroso.
Al final no pude evitar quedarme dormida.
Cuando abrí los ojos, todavía estaba todo oscuro. Me levanté y miré el despertador. Las siete. ¿Había dormido toda la tarde y noche? Increíble.
Me acerqué al espejo de la habitación, y sin duda el sueño mejoró mis facciones. Fui hacia el armario y me encontré con el uniforme del colegio, además de mi ropa de calle. Había dejado todas mis pertenencias aquí cuando me había escapado, ya que sólo habrían sido una molestia.
Primero me di una ducha y luego me vestí con el uniforme compuesto por una blusa blanca, corbata –puaj-, un jersey negro con el escudo del colegio cosido en el lado izquierdo y la falda de cuadros que llegaba hasta las rodillas. Me volví a mirar en el espejo, y quise sinceramente volver a llorar, pero un petar en la puerta me interrumpió.
-¿Puedo entrar? –preguntó el pesado de Jack.
-¡No! –contesté.
Pero entró igualmente. Al verme con el asqueroso uniforme, sonrió complacido y se cruzó de brazos.
-¿Ves cómo no era tan malo?
-Si llego a estar en ropa interior cuando ibas a entrar, ¿qué…?
-Oh, bueno, lo hubiera sabido.
Fruncí el ceño, desconfiada, y miré por la ventana.
-Quiero irme.
-Otra vez con lo mismo. Da igual que lo repitas, no te irás de aquí.
Le miré con ojos entrecerrados.
-Ya veremos.
Lo aparté de la puerta y salí al pasillo. Pero el corredor estaba completamente oscuro, y nadie se había levantado todavía, así que asustada retrocedí y choqué contra Jack.
-No me digas que tienes miedo.
-No.
-Ya, claro.
Empezó a caminar despreocupadamente, y a mitad de camino se volvió.
-¿Vienes o no?
Tragué saliva y me coloqué a su lado. Empezamos a andar.
-¿Y por qué viniste tan temprano?
-Porque el director quiere verte.
-¿Pero ese hombre no duerme?
Jack sonríe, pero se encoge de hombros.
-Eso no es una respuesta.
-Pero es suficiente.
Bajamos las escaleras de caracol hasta el despacho del director, que nos esperaba impaciente.
-Alexandra, por fin llegas. Escucha, lo único que voy a pedirte es que no hagas nada… malo.
-¿Nada malo?
-Ya me entiendes… no adelantes las clases, no las retrases, ni mucho menos congeles a todos sólo para tu diversión. Podría ser grave.
-De todos modos no podría. No me queda ya fuerza ni para levantar una hoja. Como para parar el planeta.
El director sonrió, le hizo un asentimiento a Jack y ambos nos fuimos de allí.

domingo, 23 de mayo de 2010

Capítulo 4

En el coche, me alejé todo lo que pude de él, y miré por la ventanilla.
¿Qué pensaría Jorge? El pobre debía de estar preocupado. Suspiré.
-Oye, que no es tan malo.
Yo no dije nada.
-¿Ahora no me hablas? Aún por encima que te protejo...
Seguía ignorándole.
-Al menos dime algo.
Le miré.
-Te odio -dije las palabras despacio para que me entendiera perfectamente.
Él sólo sonrió.
-Ya, yo tampoco te tengo mucho afecto, pero cuidar de ti significa un ascenso.
-¿Un ascenso por qué?
-Fácil. Si protejo a uno de fuego, lo máximo que pasaría si le ocurriera algo sería que no hubiera más fuego. Si fuera el del aire, como mucho no quedaría más viento. Al de tierra... bueno, a lo mejor sería un poco jodido, la verdad. Y el de agua sería malo. Pero de ellos hay cinco más en los demás continentes. Cuidar de ti o del ángel del espacio es bastante bueno, aunque si te pasa algo, la cago. Pero sin duda, es un ascenso.
-Te odio -repetí.
-Y yo a ti, guapita, ¿pero qué quieres que le haga?
-Muérete, y entonces estaremos en paz.
Estalló a carcajadas.
-¡Ja! Ésa ha sido buena, pero por desgracia no va a poder ser. Tendrás que conformarte -se acercó a mí, con su cara a pocos centímetros de la mía, y aunque lo odiara, no pude evitar ruborizarme-. Y te aseguro que yo no voy a fallar como los demás -y se volvió a alejar.
Cogió su móvil y llamó a alguien.
-Y te aseguro que no voy a fallar como los demás-repetí entre susurros con voz burlona-. Imbécil. Que te den.
Después de bastantes horas de camino, llegamos a ese espantoso lugar.
Era un castillo del siglo IV, muy antiguo, pero en casi perfecto estado. Y sobre todo era enorme. Tenía cuatro torres, y lo más extraño de todo, y era lo que alejaba a cualquier humano de allí, es que la mayoría de las veces estaba el cielo oscuro. Incluso algunos chicos juraron ver fantasmas pálidos en los alrededores.
El coche se paró, y me bajé. Jack se colocó a mi lado, y me agarró el hombro. Hice amago de apartarme, pero él forcejeaba, aunque sin mucho esfuerzo.
-No me toques, me das asco -le dije.
-Y tú a mí, pero ¡anda! Tengo que encargarme de ti, así que echa a andar, pedazo de mula cabezota, si no quieres que lo haga a mi manera, y sé que no te gustaría.
Gruñí por lo bajo y empecé a andar, en dirección a la que él me indicaba. El castillo estaba en una pequeña colina. Luego entramos. Mientras recorríamos los pasillos del internado, los alumnos se me quedaban mirando anonadados.
Me daba vergüenza con las esposas en las muñecas, pero tenía que aguantarme. Al final llegamos a la sala del director. Antes de entrar, Jack me quitó los grilletes. Al vernos, el director se levantó rápidamente y vino hacia mí.
-¡Alexandra! ¡Por fin has vuelto!
Yo aparté la mirada de él, e intenté retroceder, incluso colocarme detrás de Jack, pero él me frenó.
El hombre tenía cincuenta y pocos años, con pelo algo canoso y alguna que otra arruga, pero con aire juvenil. Se mantenía en buen estado.
Alcé la mirada a sus azules ojos e intenté sonreír, pero sin éxito.
-¡¿Pero tú sabes lo preocupados que nos tenías?! ¡¿Y si te hubiera pasado algo?!
-Me pasó, pero un humano me ayudó.
-Un humano. Increíble.
-¿Increíble? ¿Sólo se le ocurre decir eso? ¿Es que cree que son seres inferiores? ¡Pues no es cierto!
-Vale, vale, tranquila. Pero ahora en serio, ¿tú sabes la que armaste? Las demás academias se volvieron locas, los ángeles incluso se ponían nerviosos y mandamos un montón de guardias a buscarte. ¿Por qué no eres como tu hermano o los demás ángeles sagrados? ¿Por qué no te gusta este lugar?
-Primero, ese tío no es mi hermano. Ni de sangre, ni nada de nada, y que yo sepa no está aquí, sino en Sudamérica, y segundo, los demás me dan igual. ¡Sólo quiero irme de aquí!
Unas lágrimas asomaron por mis ojos, sin poder evitarlo. Los ángeles se me quedaron mirando confusos.
-¿Estás llorando? -preguntó Jack.
Apreté los labios, me senté en el suelo con los brazos cruzados y el ceño fruncido y dejé que las lágrimas resbalaran por mis mejillas. No dejaría que me manipularan. No como a los demás.

lunes, 17 de mayo de 2010

Capítulo 3

Me volví rápidamente y me lo encontré. Intenté retroceder, pero la fuente me lo impedía.
Mi guardián tenía los brazos cruzados. Éste tenía el pelo negro cortado a la "moda", con una chaqueta negra, vaqueros oscuros, sin sus alas blancas a la vista, los ojos marrones con una mirada fría e intimidante y una sonrisa despreciable. Oh, y lo mejor, sólo tenía dieciocho años.
Y ya se creía mejor que los demás. Chulo asqueroso.
-¿Sabes? Me ha costado mucho encontrarte, pero bueno, por lo menos...
Miré a mi alrededor.
-¿Has venido tú solo?
-¿Me tomas por estúpido? Claro que no. No te voy a mentir: ellos me dijeron que no te informara de que están escondidos detrás de los árboles -de fondo se escuchó un chasquido de lengua, y el guardián se encogió de hombros-. Pero eso me da igual. Ahora pienso llevarte de vuelta.
-No. Antes prefiero la muerte.
Jack puso los ojos en blanco, y se acercó un paso a mí.
Pero yo no le dejé acercarse más. De repente paré el tiempo a mi gusto y me alejé de él, pero a los dos segundos todo volvió a restablecerse. Cómo hacía mucho que no me alimentaba de mi dieta, no duraba mucho. Él se extrañó de verme casi en el otro extremo al momento, pero luego se dio cuenta.
Sin duda no tenía un pelo de tonto.
-¡Cogedla! ¡No podemos perderla otra vez!
Mucha gente salió de los árboles y se abalanzaron sobre mí. Yo intenté parar otra vez el tiempo, pero me era física y psicológicamente imposible. Estaba demasiado cansada.
Y fue entonces cuando me atraparon.
Dos de ellos me agarraron de los brazos y Jack se colocó delante de mí. Pero esta vez su boca formaba una fina línea.
-¿Qué? ¿Y ahora qué piensas hacer?
Miré a los ángeles.
-Eh, cuidado. Que soy la hija de Freddy Krueger y Morticia.
Todos se echaron a reír menos Jack.
-Oh, me hace tan feliz ser la atracción de feria... -suspiré, y le miré con ojos suplicantes-. Por favor, por favor, no me obligues a volver a ese asqueroso lugar. ¡Por favor!
Mis ojos empezaron a cristalizarse, y por un momento Jack me miró con lástima, pero se recuperó al momento.
-No. Prometí que te llevaría de vuelta, y yo siempre cumplo con mi palabra.
Empecé a temblar ligeramente, y otro ángel me ató las muñecas en la espalda mientras los otros dos me las agarraban. Los demás sólo miraban.
-Te vas a arrepentir. Lo juro -murmuré.
Jack suspiró, sacó un móvil de su bolsillo, marcó un número y se lo puso en la oreja.
-Derek, trae el coche al parque (...) Sí, puedes, tranquilo. (...) -se ríe, y me mira-. No te preocupes, no muerde.
-Eso dilo por ti.
-Está bien. Chao -y cuelga.
A los cinco minutos, un todoterreno negro y grande aparca delante de mis narices, acompañado detrás por otros coches algo más pequeños, dónde se montaban los guardias.
Yo, atada de muñecas, subí obligada al todoterreno seguida de Jack.

lunes, 10 de mayo de 2010

Capítulo 2

De puntillas, salí de mi habitación y fui hasta la cocina. Miré de un lado a otro. Sin moros en la costa. Bien. Ya se habían ido todos. Volví a mi habitación, me vestí, hice mi cama y me miré en el espejo. Vaya, parezco la loca de la colina con estos pelos.
Cogí el peine y empecé a peinármelo. Sin duda yo tenía cara de niña, incluso a veces me echaban trece años, y mi comportamiento quizá no fuera muy maduro por mi parte, pero me daba igual.
Después me saqué la camiseta e hice un chasquido de dedos. Mis alas negras aparecieron en mis omóplatos, e intenté estirarlas todo lo que pude. Qué gusto. Retenerlas durante todo un día y noche era un logro, sin duda. Me sentía como cuando alguien tenía unas pocas ganas de ir al baño pero se aguantase. No era muy duro, pero era incómodo.
Como las alas eran algo más grandes que el cuarto, empecé sin querer a tirar cosas. Volví a chasquear los dedos, las alas desaparecieron y yo volví a vestirme. Suspiré, fui a la cocina, cogí una magdalena y salí del piso. Necesitaba tomar el aire.
Al bajar las escaleras, me encontré con la vecina anciana del segundo. Me paré a saludarla.
-Buenos días, Dina. Hoy le veo muy bien -le sonreí.
Ella me devolvió la sonrisa.
-Por supuesto, querida. Esto de subir y bajar escaleras hace milagros. Bueno, me voy ya, que tengo la comida al fuego, y si se me quema, entonces será malo.
Reí. La mujer me revolvió ligeramente el pelo, nos despedimos y me fui. Era una señora muy amable, que siempre me invitaba a comer pasteles. Y aunque se extrañaba que yo viviera con cuatro veinteañeros, siempre era muy educada.
Como era horario de invierno, todavía estaba el cielo oscuro, y las farolas alumbraban.
Sin embargo, no había nadie por la calle. Ni un alma, literalmente. Y eso no era normal.
Tragué saliva, pero seguí mi camino hasta el parque. Lo mismo, allí no había nada.
Fruncí el ceño, miré a mi alrededor y me acerqué a la gran fuente que había en el centro del lugar. Miré mi reflejo en el agua, y me quedé pensativa.
No sabía cuánto podría aguantar más sin que me encontraran. Seguramente creerían que estoy muerta. Pero entonces... no, no podría ser.
¿El por qué? Sencillo. En la academia había una sala. Nadie podía entrar allí, pero lo que había dentro tenía sin duda un valor incalculable. Era la sala de las Esferas. Cada esfera contenía en el interior las partículas de los cuatro elementos, más el tiempo y el espacio, y éstas estaban ligadas a nuestras almas. Si, por ejemplo, yo moría, la esfera del tiempo se apagaría y rompería.
Entonces el tiempo no pasaría. El mundo se quedaría congelado. Ya no rotaría sobre sí mismo, por lo que o sería de día siempre en algún lugar o sería de noche en otro. Así hasta que el organismo de los seres vivos, también parados, no pudieran soportar la ausencia de luz y se murieran.
Por eso deben protegerme. Pero yo ya dejé claro muchas veces que no necesito depender de nadie. Por favor, ni siquiera tenía padres. Yo salí de una molécula de aire a la que tomaron forma.
Salí del hilo de mis pensamientos cuando sentí un aletear de alas encima de mi cabeza. Alcé la mirada y un pájaro, golondrina, se posó a mi lado, en la fría piedra que rodeaba la fuente.
Sin duda tenía mirada inteligente, pero yo simplemente levanté la mano y salió volando.
Miré otra vez el agua, pero esta vez a mis ojos. Eran extraños. De color gris claro, casi blancos. Los demás ángeles sagrados los tenían rojos, verdes y azules. Y el ángel del espacio, del mismo que yo.
No sé cómo aguantaban allí.
Y entonces, escuché la voz escalofriante y fría que yo conocía muy bien:
-Te encontré.

*Bueno, aquí hago un paréntesis para deciros que tengo un nuevo blog, que ya puse en el otro, y es un tanto diferente. Quién no se haya pasado, verá a qué me refiero:
The Stories Hunter
¡Gracias!